Hay una respuesta llamativa, por lo recurrente, con respecto a las dificultades para vivir el camino espiritual en nuestra vida ordinaria: el cansancio, producido por la prisa continua, la falta de momentos de sosiego. Tenemos de todo menos tiempo. La prisa produce estrés y el estrés una fatiga crónica que nos sabemos poner en manos de Dios. Después de la jornada diaria, apenas queda tiempo ni ganas para la reflexión y la oración. (Tino)
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